Siete oficios, catorce necesidades


Amaneció el 3 de junio y las horas fueron avanzando como siempre. Parecía un domingo como muchos; en mi caso, consagrado a Dios, al ministerio y mi familia, pero todo cambió durante esa tarde y noche devastadoras para Guatemala.

El Volcán de Fuego hizo sentir su poder durante más de quince horas. Una intensa erupción de material piroclástico (gases tóxicos, piedras incandescentes y ceniza) llovió violentamente sobre las comunidades cercanas. Incluso algunas quedaron sepultadas bajo el humeante lodo que descendía del volcán.

Acá en Guate, la naturaleza manda. Lo digo en el buen sentido porque somos un rincón bendecido, aunque también tiene sus reveses cuando llueve demasiado, cuando tiembla la tierra o los volcanes se enojan.

Entonces, los guatemaltecos nos transformamos en una máquina de solidaridad que me conmueve, porque todos buscamos la forma de ayudar. Rindo homenaje a los voluntarios que se sumaron al esfuerzo de llevar alimento, medicina, insumos y cariño a las familias que sufrieron y que aún sufren. En Casa de Dios nos organizamos de inmediato y desarrollamos, durante seis semanas, un programa de asistencia directa a los albergues. Luego nos unimos con otras instituciones para gestionar jornadas médicas, jornadas oftalmológicas y construir viviendas.

Durante esta tragedia, de nuevo, se hizo realidad lo que mi mamá me decía: “Calmate, Cash, sos siete oficios y catorce necesidades”. Ella se refiere a que hacía y hago mil cosas. Como decía un famoso comediante: “Bailo tango, masco chicle, pego duro y tururú…” Siempre me he caracterizado por inquieto y servicial, y me encanta transmitir esa esencia porque la vida de servicio es realmente gratificante.

Jesús, mi maestro, dijo que servir es un rasgo de señores, y lo confirmó con su vida porque demostró que había venido a servir, no a ser servido. Y si Él lo hizo, ¿no lo haré yo? ¡Claro que sí! He aprendido a servir por el gusto de hacerlo, aunque he comprobado que la actitud humilde y servicial nunca queda sin recompensa. Esta es otra área en la que se cumple la ley de la siembra y la cosecha.

Mi filosofía de vida siempre ha sido enfocarme en lo que puedo ofrecer, no en lo que espero recibir, y es lo que aconsejo siempre. Somos más felices cuando nuestra expectativa se concentra en que tenemos la capacidad de dar, en cuánto podemos bendecir a otros.

Provoquemos a Dios con esa correcta actitud de generosidad, humildad y empatía. Él sonreirá con agrado, satisfecho de ver que hemos aprendido una valiosa lección que edificará y bendecirá nuestra vida. El servicio te mantiene vivo. ¡Qué pereza vivir sin servir a otros!

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