Nueve años o menos


Tengo dos nietos, Darisse, de nueve años, y Tiago, de cinco años. No hay palabras para describir de qué forma todo mi ser rebalsa de amor por ellos. ¿Lo más interesante? Pues que ellos lo saben y con gran maestría se mueven en esa ventaja. Mi nieta no duda en que una mirada suya consigue lo quiera de mí; no digamos Tiago, en quien veo reflejado a su papá, mi hijo Cashito, no solo por su impresionante parecido físico, sino también por su carácter afable y juguetón.

Ellos disfrutan del tiempo que pasan en mi casa. Aman a la Nona, mi esposa Sonia, porque, obviamente, los consciente más allá de lo que cualquiera puede imaginar. Todos sabemos lo que se dice de los nietos, que se disfrutan mil veces más que los hijos porque ya no sentimos la responsabilidad de educarlos, por lo que podemos malcriarlos libremente y con la descarada intención del caso.

Es más, cuando veo a mi hijo batallando con algún reto en la educación o disciplina de sus “querubines”, sonrío pensando en una sabia frase que decimos en Guatemala: “Ahora está pagando los elotes que se comió”, es decir que está viviendo lo que nosotros, Sonia y yo, bueno… más Sonia que yo, enfrentamos al educarlo a él y a sus hermanos, Juan Diego y Anita. Para nadie es un misterio que criar hijos es un verdadero desafío.

Pues, si pasaste momentos difíciles con tus hijos, déjame darte esperanza al asegurarte que todo será recompensado a través de tus nietos. Por supuesto que no hablo de algo que ni por asomo es una dulce confirmación de que se cosecha lo que se siembra, no, no, no, jamás, pero debo reconocer que se sienten como cosquillitas traviesas que se convierten en una risita secreta al ver a tus hijos lidiar desesperados con una rabieta de sus peques, justo cuando tú te acomodas en el sillón y te preparas para escuchar el tan esperado: “¡Papá, ahora te entiendo!”

Bueno, luego de ese desahogo generacional, déjame contarte que ver a mis nietos me hace llorar de agradecimiento, no solo porque son una bendición que me habla de la fidelidad del amor de Dios, sino porque, constantemente, me regalan valiosas lecciones de fe:

—Nono, qué lindo ese perrito. ¡Lo quiero, yo necesito un perrito! ¡Regálamelo!

—Mira, Nono, se me cayó mi diente, voy a ponerlo debajo de la almohada y mañana encontraré un premio.  

Ellos no se complican, sencillamente piden y declaran con toda confianza, sonrientes, con esa ingenua, pero inquebrantable fe que todos deberíamos conservar a cualquier edad. Porque la necesitamos para ser capaces de vivir totalmente dependientes de Dios, amoroso Padre que nos cuida mejor de lo que nosotros, padres humanos, podemos cuidar de nuestros hijos y nietos.

La extraordinaria capacidad de creer que veo en Darisse y Tiago me provoca una ocurrencia respecto a la fe: aunque crezcamos en estatura, madurez y responsabilidades, valdría la pena que nuestro corazón se contagiara del síndrome de Peter Pan y se quedara para siempre en esa maravillosa edad de nueve años o menos. Seguramente disfrutaríamos más de la vida. ¿No te parece?

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