¡Líbranos del mal!


En la arquitectura del Padre nuestro —la oración que Jesús nos enseñó— podemos ver que hay una parte dedicada a pedir al Padre que nos libre de todo mal. Primero cabe mencionar que ese “mal” no solo se refiere al de las tinieblas, que proviene del diablo, pues los seres humanos también vivimos en constante lucha contra el mundo y contra nosotros mismos, lo que también puede entenderse como una lucha contra la carne.

Cuando vemos lo que pasa en el mundo, entre guerras y manifestaciones de violencia —como las ocurridas recientemente en Chile, donde iglesias fueron incendiadas— podemos observar que es necesario que seamos más intencionales para pedir que Dios nos libre de la maldad y que hace daño indiscriminadamente. ¡La maldad ya no respeta ni a las iglesias!

Martin Luther King afirmó que “la violencia crea más problemas sociales que los que resuelve”, por eso estoy convencido de que la oración es una herramienta que puede provocar un cambio sustancial en la sociedad. Entre más personas practiquen los principios que Jesús enseñó, más prosperidad habrá en el mundo. Hablo de prosperidad no como un concepto de dinero, sino como la define el diccionario: buena suerte o éxito en lo que se emprende, sucede u ocurre. Una sociedad llena de personas exitosas se traduce en familias bendecidas y seres humanos trabajando por el prójimo.

Además, no se trata de librarnos solamente del mal que recibimos, sino del que podríamos estar provocándole a otros. No deberíamos ir por el mundo procurándole el mal a otras personas aun cuando nos hagan daño.

Debemos tomar en cuenta que no desearle el mal a nadie o no tomar venganza por nuestra propia mano no significa que la justicia terrenal no tenga validez. Son ideas diferentes. Si una persona es criminal según las leyes en la tierra, es muy probable que termine en la cárcel incluso cuando la persona a quien ofendió le haya perdonado. Lo que debemos evitar es devolver mal por mal como una señal de venganza y en vez de ello busquemos la justicia del Señor.

Por lo tanto, amemos, bendigamos y hagamos bien a quienes nos hacen mal porque de esa forma demostramos que somos hijos de nuestro Padre. Él no permitirá que nada nos dañe (Mateo 5:44-48).

Recuerda, el mal también implica librar una batalla espiritual en la cual debemos fortalecernos en el Señor. La fe es el mejor escudo para refugiarnos de los dardos del enemigo, por eso te motivo a confiar en nuestro Padre, declarando que Él es tu castillo y te librará de cualquier maldad humana o peste destructora que te amenace de día o de noche.

Continúa orando para que Dios te libre de todo mal, pero también reflexiona sobre tus actos. Evita propagar calumnias, falso testimonio o maldiciones. ¡Seamos testimonio de la luz de Jesús!

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