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Hundred Foot Journey


En Arrowhead, las oficinas de Casa de Dios, estamos implementando una modalidad de mentoría a través de cine foro. Es decir, nos reunimos para ver buenas películas, comentarlas y aprovecharlas para construir aprendizaje colaborativo.

La película que vimos hace unos días fue Hundred Foot Journey, la bella historia de los Kadam, una familia hindú que migra a Europa luego de la trágica muerte de su pilar fundamental: la esposa y madre. Ellos son cocineros por tradición y especialmente uno de los hijos, Hassam, es un verdadero virtuoso, heredero de la sazón materna.

La película es una joya de la que es posible extraer enseñanzas sobre muchos temas. La recomiendo tanto que hasta la incluí en mi libro “No es por vista” en la apertura a la sección donde hablo sobre la paciencia como el mejor sazonador de la fe.

¡Son tantas las frases memorables, cargadas de significado, que dicen los protagonistas!

Una de mis favoritas la dice el padre cuando los hijos protestan porque andan errantes de aquí para allá: “Donde está tu familia, está tu hogar”.  Efectivamente, uno de los temas centrales es la familia que nos configura y de muchas formas nos determina por la formación que recibimos como herencia.

Claro, la película también habla del amor en todas sus expresiones. El amor romántico une al joven Hassam con Marguerite, y al padre de él con la jefa de ella, la que, por cierto, es dueña del mejor restaurante francés de la región, frente al que la familia establece un restaurante con su exótica propuesta de cocina hindú.

Así comienza la guerra, porque ella, madame Mallory no permitirá que extranjeros provoquen revuelo con su innovación gastronómica. Pero no contaba con el talento, paciencia y fe de Hassam, quien finalmente derriba las barreras que ella pone y alcanza el sueño de convertirse en un chef reconocido que se atrevió a fusionar dos intensas y milenarias culturas culinaria: la de Francia y la de La India.

Pues de los múltiples temas de esta historia, con el equipo de Casa de Dios, exploramos cuán valioso es conocer nuestras raíces, hacer de nuestra esencia el punto de partida para lograr la excelencia, al convertirla en materia prima para innovar, tal como la familia Kadam lo hizo. No tengamos miedo a lo desconocido. El padre de Hassam, cuando abren el restaurante, pero nadie llega, asegura: “Ellos no piden esta comida porque no la conocen, pero ahora la probarán”. Vale la pena arriesgarse a experimentar cuando nuestras convicciones y valores son tan firmes que nos sostienen para mantener los pies firmes al avanzar hacia el éxito.

Así que, no debemos avergonzarnos de nuestra esencia, de la herencia que hemos recibido, porque lo que somos es el mejor fundamento para lo que seremos. Adaptémonos y arriesguémonos a innovar. ¡Alimentemos la pasión, fe y paciencia para alcanzar nuestros sueños!

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