Fiesta en los cielos


Soy pastor, sí, y a mucha honra. Creo que no es un secreto, pero lo declaro: mi vocación pastoral me define y doy gracias a Dios por ello.

¿Por qué afirmo lo que es obvio? Porque el fin de semana recién pasado, el penúltimo de julio, mi corazón de pastor no me cabía en el pecho a causa de la felicidad.

A ver, te cuento un poco de los antecedentes. Resulta que estamos en un movimiento de 40 días de fe que termina el 9 de agosto y nos hemos propuesto retos en todas las áreas. Retos familiares, empresariales, de sanidad y también ministeriales. Entonces, se nos ocurrió realizar reuniones para invitar amigos a la iglesia y en Casa de Dios, para poder atender a las personas, nos hemos organizado en seis redes:

  • matrimonios
  • familiar
  • pre juveniles
  • jóvenes
  • jóvenes adultos
  • empresarios

Cada red se esforzó por organizar una actividad donde la mayor cantidad de personas disfrutara de un hermoso tiempo de adoración, ministración y enseñanza de la Palabra. ¡El resultado fue impresionante!

En total, 47,500 personas asistieron a lo que llamamos “FEstival de redes” y a los dos servicios dominicales. Pero el dato que más me conmovió es que 4,500 personas le entregaron su vida a Jesús. Leíste bien: 4,500. Imagina, si hay fiesta en los cielos por una persona que recibe al Señor, ¡qué gran pachangón, jolgorio, celebración se armaría por todos esos corazones que reconocieron a Jesús como Señor y Salvador!  

La verdad es que estuvo alegrísimo. Alabamos al Señor, aprendimos de su Palabra, cantamos, bailamos, nos gozamos con una obra de teatro llamada Los usuarios y con la emoción de sentirnos parte de una gran familia. Porque realmente ese era el ambiente que se vivía. A pesar de que las reuniones fueron multitudinarias, se respiraba la cordialidad y confianza, como si hermanos, primos, tíos, sobrinos, nietos, padres y abuelos se volvieran a ver luego de un largo viaje.

Debo confesarte que ser pastor no es tarea fácil, pero es apasionante. Alguna vez leí que se considera una de las profesiones más desgastantes, como ser maestro, médico o presidente de un país. Puedo dar testimonio de ello. Las relaciones humanas son todo un reto y me ha tocado desenmarañar muchísimos conflictos interpersonales a la luz de la Palabra de Dios, además de superar muchísimas críticas porque es imposible ajustarse a todas las interpretaciones de la gente. No ha sido una vez la que he dicho: “Ya no más, me retiro…”, pero días como los de este fin de semana son como una inyección de energía fresca que nos motiva hasta las lágrimas. Amo a Dios, amo a las personas y sé que vale la pena morir por uno solo que diga “sí” a la nueva vida que Jesús le ofrece.

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