¡Ven como eres!


Un padre de familia miembro de nuestra congregación me contó la lucha que había tenido recientemente con sus hijos adolescentes para que se apresuraran a salir de casa y estar a tiempo en el servicio de un domingo. Estaba muy molesto porque no aprobaba el look tan fresco que ellos usaban para vestir en la iglesia: tenis, jeans rotos y playeras.

Caminé con él unos pasos y dejé que se desahogara. Todos necesitamos ese tiempo para exteriorizar nuestras emociones y soltar la tensión. Su molestia no le estaba permitiendo ver lo bueno que había en esa actitud de sus hijos, así que me concentré en que viera precisamente eso: sus hijos se sienten cómodos y aceptados en nuestra iglesia. Vienen tal como son porque se sienten en casa.

Algunos adultos quizá no comprendan a las nuevas generaciones, pero como he dicho muchas veces atrás, las iglesias también deben pasar por un proceso de adaptación para comunicar el mensaje que no se altera ni cambia y que solo se transforma para llegar a otros públicos de otras edades que tienen hábitos distintos a los nuestros.

Como he compartido en múltiples ocasiones, cuando recibí al Señor yo era un joven como lo eran casi todos en aquella época: peludo y con cigarros en la bolsa de mis jeans rotos. Imagínense que quien me trajo a los pies de Cristo estaba echándose los tragos un día antes, entonces ¿qué tal si no hubiera aceptado su invitación y más bien lo critico? Es un hecho que mi amigo fue instrumento del Señor para que yo pudiera nacer de nuevo.

¿Qué habría pasado, entonces, si en la iglesia me topo con un servidor que me hubiera descalificado por mi forma de vestir? Quizás la historia de mi vida sería diferente o a lo mejor Dios hubiera buscado otra manera de atraerme para cumplir mi propósito. Mi apariencia de ese momento parecía poco apropiada para un encuentro con Dios, pero ¿quién dice que para llegar a los pies del Señor debemos vestirnos de una u otra forma?

Sé que hay empleos como el de teleoperador, en cuyas oficinas se les permite a los jóvenes llegar como ellos quieran. Pues bien, esa es una nueva cultura a la que debemos adaptarnos. Los encargados de reclutar personal en esas áreas seguramente son de mente muy abierta y acorde a estos tiempos.

Tengo muy claro que la presentación personal es importante en algunas esferas de la vida. Dentro de nuestra organización hay normas y políticas que todos debemos cumplir, pero procuramos no perder nuestra esencia. Es importante sujetarnos a las reglas que encontramos en las empresas y a las leyes de nuestro país, sin embargo, en la iglesia no podemos poner reglas que alejen a la gente de Dios. De hecho, debe ser el lugar donde podemos despojarnos de toda máscara, de todo filtro y de toda defensa.

La Biblia enseña que Dios “mira el corazón” (1 Samuel 16:6-8), por eso Lázaro, Magdalena y los mismos discípulos tuvieron su encuentro con Jesús, quien no los rechazó sino más bien los aceptó tal como eran.

Como padres de familia a veces debemos ceder un poco en esos detalles ya que no vale la pena desgastar nuestra relación con los hijos por cosas como no compartir su forma de vestir. Detrás de ese pelo desordenado o ese jeans roto está ese hijo que Dios te mandó y que has formado con amor y ejemplo. En su corazón se ha depositado Palabra que a su tiempo dará fruto, así que no te preocupes por cómo viste en la iglesia y sigue orando por él para que el Señor guíe sus pasos y su caminar.

En Casa de Dios, nuestra iglesia, evitamos juzgar por las apariencias. Aquí todos son bienvenidos, así que ¡ven como eres!

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