Todo lo que necesitas es amor


Últimamente he visto cómo en los noticieros y redes sociales cuestionan mucho a los cristianos. Parece que la gente tiene altas expectativas del rol que “debemos” asumir frente a ellos y no conoce mucho del cristianismo que a ti y a mí nos ha transformado.

Desde que conocí a Jesús, hace ya más de 35 años, descubrí una manera diferente de vivir. Mi vida se transformó gracias a Su Palabra. Adquirí fuerza y dominio propio para no ser esclavo de vicios y nació en mí el anhelo de predicar Su Evangelio y hablarles a las personas acerca de la Salvación. Puedo decir que gracias a mi encuentro con Jesús soy una persona mejor.

En la iglesia y en la Biblia encontré a un Jesús que sana, libera y perdona, que no condena ni juzga. La personalidad de Jesús es fascinante porque Él hacía todo lo que la gente no esperaba que hiciera: sanaba en el día de reposo, convocaba a personas “normales” a que lo siguieran, comía con pecadores, evitó que apedrearan a una mujer sorprendida en adulterio, hablaba en parábolas y resucitaba personas.

A lo largo de mi vida he predicado de ese Jesús, el hijo de Dios que no encajaba en su época y alborotaba con Sus enseñanzas. Dios es amor, por eso Su hijo nos dejó un gran mandamiento: amar al prójimo como a nosotros mismos (Mateo 12:39). Después de amar a Dios con todas nuestras fuerzas debemos esforzarnos en amar a quienes nos rodean, incluyendo a quienes no nos aman. Parece una instrucción sencilla, pero va más allá de decir “Te quiero” o dar un abrazo; implica acciones concretas como el respeto por la vida de la otra persona sin hacer distinciones de raza, religión o sexo.

La sociedad y el mundo sería mejor si las personas pudieran sanar sus corazones y reflejar su amor propio amando a los demás, pero nunca es tarde para que les llevemos las Buenas Nuevas y a través de nuestro ejemplo puedan conocer al Jesús que nos transformó. Nuestra transformación personal debe llevarse a nuestro hogar para que después se refleje en la sociedad. Es decir, si tus hijos te ven respetando a tu esposa serán adultos que respeten a su cónyuge y a otras personas. Si tus hijos ven cómo oras por otros, serán adultos que sirvan al Señor. Si te ven compartir el pan con el prójimo, ellos también serán un canal de bendición para otros.

Por último, te comparto lo que dice 1 Pedro 3:9: “No devolviendo mal por mal, ni maldición por maldición, sino por el contrario, bendiciendo, sabiendo que fuisteis llamados para que heredaseis bendición”.

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