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¡Que todos conozcan a Jesús!


Cuando Dios creó a Adán, declaró que no era bueno que el hombre estuviera solo, por eso instituyó a la ayuda idónea, al complemento correcto; así que pertencer a grupos es parte de nuestra naturaleza humana. De hecho, nos agrupamos para ir al cine, para ver un buen partido de futbol o para celebrar acontecimientos importantes en la casa de algún amigo o familiar. ¡Sería aburrido realizar estas actividades solo!

También debemos decir que existen grupos de grupos. En unos se promueven las cosas buenas y en otros las cosas malas, pero la decisión de hacer o dejar de hacer una u otra cosa es completamente personal. Por ejemplo, si en una reunión alguien te dice que bebas licor o que no lo hagas, por más presión que exista, la decisión es solo tuya.

Mira cómo son las cosas: fue en un grupo no cristiano donde, bebiendo licor, una persona me invitó a asistir a una iglesia. No sé por qué, pero accedí y haberlo hecho propició la decisión que cambió por completo mi vida porque acepté a Jesús como mi único Señor y Salvador. A partir de ese momento quise compartir mi testimonio con todas las personas posibles, ya que si Él me salvó, anhelaba que lo conocieran más personas para que fueran salvas.

Si tienes un llamado de evangelizar, predicar o pastorear, no permitas que las limitaciones de la pandemia te impidan llevar a cabo tu misión. Sin duda hay personas en tu propia familia, amigos, conocidos e incluso desconocidos que necesitan que alguien los invite a hacer lo bueno. Y no digo que vayas y te arriesgues; me refiero a que uses los recursos que tienes a la mano para hablar de Jesús. No esperes a que se vaya el covid-19 para hablar de lo que Él ha hecho y continúa haciendo en tu vida.

¡Mira que todos hemos tenido que reinventarnos en estos dieciséis meses! Las empresas y organizaciones han tenido que buscar mecanismos para estar cerca de sus consumidores y la iglesia no es la excepción, pues ha tenido que llevar el mensaje de Salvación de una menera distinta.

Probablemente estés pensando cómo hacerlo y la respuesta es muy sencilla: habla de Él en donde sea y en todo momento. Con tu ejemplo y testimonio lograrás que muchos se acerquen y anhelen tener una relación con Él. En todos tus círculos, en la reunión del partido, en la capacitación de la empresa o en la celebración familiar cuenta lo que el Señor está haciendo en tu vida y di con naturalidad que sigue trabajando en ti, que no eres perfecto, pero que tu vida adquirió nuevo sentido desde que decidiste abrirle tu corazón.

¡Dios mandó a Su hijo para dar la vida por nosotros! Ahora nos corresponde presentárselo a quienes no lo conocen para que todos lo conozcan.

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