¡Qué nervios!


Muchos me preguntan cómo hago para hablar en público porque les gusta mi forma de predicar. Y la verdad es que ha sido todo un reto. Durante poco más de dos décadas que he tenido el privilegio de compartir el mensaje de fe y vida nueva que recibimos de Dios, he visto cómo su gracia se perfecciona en mi debilidad y es Él quien me da confianza, además de estrategias para bendecir a las personas con los temas que inspira a través de su Palabra.

No creas que siempre ha sido así, porque cuando hablamos de dar conferencias debemos aprender a manejar los nervios. Pararnos frente a un público es estresante. Yo he vivido de todo. Desde predicarle a personas que pasan por la calle sin voltear a verme, hasta grupos de 50 mil personas en una cruzada de milagros que me escuchan atentamente. También he compartido mensajes en buses de transporte colectivo y fuera de los cines, así como en auditorios con autoridades de gobierno y líderes internacionales. ¿Qué tienen en común estas experiencias tan diferentes? El vacío en el estómago antes de pronunciar la primera palabra, la pasión por hablar del Señor y el intenso deseo de bendecir a las personas.

Hay muchísimas técnicas enfocadas en mejorar nuestras habilidades para presentarnos en público. Un amigo administrador de empresas, gerente de una multinacional, de verdad se moría cada vez que le tocaba hacer una presentación, así que buscó varias opciones para deshacerse de su timidez y al final se graduó del famoso curso de Dale Carnegie en el que se practican técnicas muy efectivas para el manejo de la ansiedad y el desarrollo de temas frente a una audiencia.

En mi caso, creo que soy más como Moisés, alguien a quien se le encomendó una misión que fue capaz de cumplir solamente con la gracia otorgada por Dios. Claro que hablar en público requiere planeación. Es más, yo aconsejo que ningún elemento se deje a la casualidad porque he aprendido de cada experiencia.

Creo que lo más importante es ser fieles a nuestra esencia. Cuando tenemos claro el “qué” es más fácil descubrir el “cómo”. Cuando dominamos el tema del que hablaremos, podemos enfocarnos en preparar formas interesantes para compartirlo que nos den más seguridad y nos ayuden a dominar los nervios.

Algo que sirve muchísimo es pedir que te graben y verte para corregir tus errores y afianzar tus fortalezas. Las primeras veces, tal vez, desearás que la tierra te trague de la vergüenza, pero te aseguro que funciona. ¡Imagínate cuántas veces he tenido que verme, si me graban cada vez que predico! De esa forma, he aprendido sobre mi lenguaje corporal, el manejo de mi voz y del escenario. Incluso he podido superar algunos movimientos involuntarios que hacía con mi cabeza y con mis manos.

Dios ha sido bueno porque me ha dado la oportunidad de desarrollar dones y talentos para bendecir a las personas con su mensaje. No es con mis fuerzas sino con las de Él, además de muchas horas de ensayo y error, porque como dicen: “El hábito hace al monje y la práctica al maestro”.

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