Pastor, ¿qué opina de la cristofobia?


En mi regreso de Salta, Argentina, donde celebramos Noches de Gloria y pudimos ver a miles de personas buscando de Jesús, conocí a unas personas con quienes establecí una agradable conversación.

Una de ellas, un joven, me preguntó cuál era mi opinión sobre la “cristofobia”, y yo dije: “¿La cristo… qué?” ¡El término me dejó con los pelos de punta! Antes de responder le pedí que me explicara a qué se refería. Entonces el joven, con mucha elocuencia, me ilustró algunos ejemplos: “Pastor Cash: ¡si los domingos voy en el transporte público con mi Biblia bajo el brazo me insultan! O qué le parece que, en las reuniones sociales, cuando se abordan temas ‘religiosos’, ¡Dios guarde que salga alguno afirmando que es cristiano, porque se lo comen! Además, mis compañeros de trabajo me ‘prohíben’ que ponga ‘coritos’ y me toca tolerar su música. En fin, a mí me han insultado muchas veces, acusándome de rechazar a quienes no piensan como yo, pero en realidad son ellos los que nos rechazan porque creemos en Jesús”. Esta conversación me hizo reflexionar.

Ustedes saben que soy chapín, no importa las veces que visite otros países ni el cariño con el que me reciban adonde vaya; mi hogar está en Guatemala, un país en el que la iglesia cristiana se ha posicionado como un referente social. Recientemente, un periódico local publicó un estudio donde se muestra que la iglesia evangélica tiene el 63% de confianza en la población guatemalteca, por encima de los medios comunicación y otras instituciones. Estos datos reflejan el arduo trabajo que desempeñamos los cristianos con la gracia de Dios, a la vez que nos comprometen a trabajar por el prójimo con excelencia. Aquí gozamos de libertad de culto, un derecho que nuestra Constitución nos otorga, pero con las vivencias que me cuenta este joven está claro que este es un privilegio limitado en otras partes del mundo.

Sé que los cristianos han sido perseguidos desde el tiempo de Jesús. Él nos advirtió que también seríamos aborrecidos y hasta perderíamos la vida por su causa (Mateo 24:9 y Lucas 21:17) y esta es una realidad en estos tiempos.

El artículo 18 de la Declaración Universal de los Derechos Humanos cita que toda persona tiene derecho a la libertad de pensamiento, de conciencia y de religión; a ti y a mí nos toca apelar para que esa libertad de culto se respete y nuestros descendientes puedan hacer uso de ella. En tu lugar de trabajo, en tu familia o en la escuela no te avergüences de Jesús porque Él no se avergüenza de nosotros a pesar de que le fallamos constantemente (Marcos 8:39).

Pero por favor, no me malinterpreten: no me refiero a buscar la confrontación con quienes nos rechazan, más bien debemos procurar que ellos encuentren a Jesús en lo que hacemos, en lo que decimos y en nuestras acciones. Si la luz del Señor está en nosotros, brillemos y hagamos que llegue a otras personas y, tal como Jesús lo hizo, sirvamos a la gente que hoy nos rechaza. Seamos ese “Jesús” que ellas necesitan aunque todavía no lo sepan. ¿Acaso no fue un encuentro con Jesús lo que transformó nuestra vida?

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