¡No desmayes!


¿Has oído hablar de Michael Phelps? Es el nadador que a la fecha ha ganado 28 medallas olímpicas (veintitrés de oro, tres de plata y dos de bronce), siendo el atleta más laureado de la historia de los Juegos Olímpicos. Se le conoce como la Bala de Baltimore y a la edad de 7 años empezó a zambullirse en la piscina motivado por sus hermanas mayores y el deseo de controlar su trastorno por déficit de atención con hiperactividad. A los 10 años conoció a Bob Bowman, el entrenador que lo guio por el camino al éxito al convertirlo en un hombre disciplinado.

En su libro Bajo la superficie describe que el año previo a los Juegos Olímpicos de Atenas (2004) solo tomó un día de descanso cuando le extrajeron las cordales. Al parecer entre 1998 y 2004 solo dejó de entrenar cinco días. Nadaba 80 kilómetros por semana, para lo que necesitaba cinco horas de entrenamiento diario. A pesar de su talento entendió que solo el trabajo arduo lo llevaría a alcanzar sus metas.

En 2004, cuando conquistó su primera medalla olímpica, describe: “Miraba las banderas. Pude ver imágenes del niño de Baltimore que le temía al agua y a un profesor que dijo que el niño no conseguiría nada porque no podía concentrarse. Vi a un entrenador guiando al niño durante 24 vueltas a la alberca, y a una familia que lo apoyó en todo”.

Su disciplina ha sido vital. “El hecho es que no hay que rendirnos. Si realmente queremos algo tenemos que hacer sacrificios, hacer cambios en la dieta y en los hábitos de dormir. Tiene que ver con poner todo en una imagen general y descifrar qué quieres eliminar y qué incluir para ser mejor”, dijo en una entrevista. Y es que usualmente vemos el éxito de las personas que admiramos, pero no reparamos en los sacrificios que hay detrás.

Esta semana pensaba cuánto tiempo nos disciplinamos para orar y pedirle a Dios que nos guie a llegar a nuestras metas. Dios puede ser el mejor entrenador que podamos tener, el único que puede pulir los talentos que nos ha dado. Pero la pregunta es: ¿estamos dispuestos a pagar el precio?

Orar de día y de noche con gran insistencia (1 Tesalonicenses 3:10). Tener una rutina que nos haga buscar a Dios antes que cualquier noticia o mensaje en el celular y terminar el día hablando con Él puede detonar ese milagro que estamos esperando. Nuestra insistencia sin desmayar es lo que puede darnos Su victoria.

Desmayar significa perder el ánimo, el valor o las fuerzas. En momentos como los que vivimos hoy Dios puede llenarnos del ánimo que necesitamos para terminar la carrera. Escrito está que “Él da esfuerzo al cansado, y multiplica las fuerzas al que no tiene ningunas. Los muchachos se fatigan y se cansan, los jóvenes flaquean y caen; pero los que esperan a Jehová tendrán nuevas fuerzas; levantarán alas como las águilas; correrán, y no se cansarán; caminarán, y no se fatigarán”. (Isaías 40:29-31)

Muchos atletas han logrado destacarse por su nivel de compromiso y disciplina. Los hijos de Dios deberíamos hacer lo mismo usando las herramientas que el Señor nos dejó en Su Palabra para que tengamos una vida llena de logros que reflejen nuestras oraciones y nuestro compromiso con Él.

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