Lecciones que se aprenden en casa


Quienes ya son padres sabrán que cada hijo es una bendición y su llegada nos cambia la vida. Yo pude experimentar esa emoción a los 25 años, cuando nació Carlos Enrique, mi primer hijo. Después llegó Juan Diego y finalmente Ana Gabriela. Cada uno incrementó mi nivel de amor y de compromiso por luchar para darles un buen ejemplo.

Mis padres se separaron cuando yo era muy pequeño. Desde entonces quedé bajo el cuidado de mi mamá. A pesar de que pude ver en su separación una excusa para crecer frustrado o resentido, nada de eso sucedió porque tenía a Dios en mi corazón. Entender la paternidad del Señor me hizo ver la vida de otra forma.

Agradezco a mis padres que ninguno me hablara mal del otro. A veces los divorcios y las separaciones son inevitables, pero sí podemos evitar que los hijos tomen partido en el conflicto. Un día, mi papá apareció en la iglesia ―yo llevaba muchos años de no verlo― y lo primero que me dijo fue que mi madre había hecho un gran trabajo al educarme. “Ella hizo de vos un hombre de provecho”, me dijo. De esa forma me afirmó y además validó el trabajo y esfuerzo que ella desempeñó en mi formación.

De ellos aprendí una de las lecciones más importantes de mi vida: el perdón y la reconciliación. El perdón es una decisión que si se acompaña de la reconcilición prepara a nuestros hijos para tener un corazón saludable y los protege de los ataques más devastadores que podrán recibir a lo largo de su vida y en todas las áreas en las que interactúen. El perdón es la amalgama de cualquier relación, no solo entre parejas, sino entre amigos, colaboradores, socios, compañeros en el deporte, hermanos en la fe y en toda la sociedad.

El perdón nos aleja de las posibles amaguras y permite que seamos personas que edifican a otros en sus conversaciones, en vez de pertenecer al grupo de los llamados haters, aquellos que desde sus redes sociales critican, se quejan y destruyen a otros.

Como padres, nuestro anhelo más grande consiste en que a nuestros hijos les vaya bien y por eso sabemos que el ejemplo los formará mucho más que las palabras. “Pero yo os digo: Amad a vuestros enemigos, bendecid a los que os maldicen, haced bien a los que os aborrecen, y orad por los que os ultrajan y os persiguen; para que seáis hijos de vuestro Padre que está en los cielos, que hace salir su sol sobre malos y buenos, y que hace llover sobre justos e injustos”. (Lucas 6:44-45) Imagina un hogar donde estos versículos se practiquen y sean parte de nuestra cultura: seguramente nuestra nación podría ser mejor.

Esta semana en que se celebra el Día del Padre, reflexionemos sobre cómo podemos asumir mejor ese privilegio que tenemos de formar a las nuevas generaciones, reconociendo quiénes somos en Jesús. Bendigamos a nuestros hijos enseñándoles los principios de vida que hemos aprendido de nuestro Padre Celestial. ¡Feliz día a todos los padres!

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