La bendición de la familia


La paternidad de Dios es incomprensible para nuestra mente humana. Es hasta que somos padres que empezamos a percibir levemente ese amor en nuestra vida a través de otro amor que no tiene límites. Para los papás, ese proceso inicia cuando tenemos en brazos a ese nuevo ser, tan indefenso, tan perfecto y que inspira tanta ternura.

No dejo de admirar a las mujeres. Es increíble cómo se vuelcan a cuidarse desde el momento en que reciben la noticia que pronto serán madres. Su mundo se transforma antes de que los cambios físicos se manifiesten. Dios, en su sabiduría, las escogió para ser portadoras de vida y el primer hogar de las nuevas generaciones, para formar a esos seres que nos robarán el aliento casi todos los días de nuestra existencia.

Mis hijos y mi hija me han robado el aliento desde que nacieron. Como todo padre, estoy muy orgulloso de ellos y feliz de cómo han dedicado su vida a servir al Señor. Sonia ha sido una excelente madre y ha hecho una gran labor formándolos y corrigiéndolos cuando era necesario. Y justo como le oramos al Señor, hoy ellos le sirven y están dedicados a propagar las Buenas Nuevas del Evangelio.

La felicidad que proviene de nuestros hijos está descrita en el salmo 127:4-5. La versión Lenguaje Actual relaciona a los hijos con una bendición de Dios. Pero ¿quién no se siente bendecido ante el nacimiento de un hijo por muy adversas que sean las circunstancias?

Junto con ese amor de padres llega otro maravilloso: el amor de abuelo. Hace nueve años Dios me dio la oportunidad de vivir esa emoción, cuando nació Darisse, la primera hija de Cashito y mi nuera Alejandra. Luego reviví ese mismo sentimiento con Thiago, su segundo hijo. La semana pasada nació el primer hijo de Juan Diego y Melissa y nuevamente experimenté esa sensación de abuelo feliz. Me tocará esperar a vivir la emoción de cargar al hijo o hija de Anita cuando venga. Ya se los he dicho: mis nietos han llegado a rejuvenecer mi ánimo y mis fuerzas y han alimentado mi esperanza.

El exalcalde de Nueva York, Rudy Giuliani, dijo en una ocasión: “Lo que los niños necesitan más son los elementos que los abuelos proveen en abundancia. Dan amor incondicional, amabilidad, paciencia, humor, comodidad, lecciones de vida. Y lo más importante: galletas”. Creo que Sonia y yo (Nona y Nono como nos dicen los nietos) estamos preparados para llenarlos de todo lo que incluye esta lista. Total, tenemos que aprovechar que la corrección y formación es tarea de los padres, ya no es nuestra.

Esta semana he pensado en lo afortunados que son los hogares que tienen hijos y nietos. Es en la familia donde se tiene un refugio y consuelo asegurado. Quizás algunas no disfrutan de la armonía, pero en general, en una familia se vive de todo: discusiones, alegrías, concensos, apoyo, molestias, etcétera. Así son todas: imperfectas, pero si en ellas reina el amor y el perdón no hay nada que no puedan superar.

¿Qué tal si hoy observas a tu familia y la bendición que va implícita en cada integrante? Nadie es perfecto: ni los padres, ni los hijos y ni siquiera los abuelos lo somos. Con todo y nuestros defectos en nuestro corazón debe reinar el agradecimiento a Dios por traernos al mundo en el seno de esa familia. Debemos ser misericordiosos para ver a nuestros padres o a nuestros hermanos y alabar el esfuerzo que han hecho para sacarnos adelante.

¡Bendice a tu familia!

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