Imperfectos


¡No somos perfectos! Somos seres humanos que todos los días se equivocan y comenten errores.

Nunca he tenido problemas para contar cómo era mi vida antes de conocer a Jesús. Nunca he ocultado que llegué a la iglesia al día siguiente de una noche de parranda con mis amigos. Era un pecador con buenos modales que vivía entre lo bueno y lo malo. No le hacía daño a nadie, pero al decidir que le entregaría mi vida, lo hice radicalmente. Comencé a obedecer todas sus instrucciones. Si la Palabra dice que debo diezmar, lo hago y se acabó el problema. Si dice que debo compartir su mensaje, a eso me dedico. Compré la mejor Biblia que pude pagar y también compré trataditos que les regalaba a las personas.

Han pasado ya 35 años desde aquel momento y no me alcanzarían las páginas para contarles cómo mi vida ha sido continuamente transformada. Además, no tengo ningún problema para admitir que no soy perfecto: me enfado, exijo, a veces levanto la voz, me confundo, me irrito, lloro, me he frustrado… En fin, soy un hombre cristiano lleno de imperfecciones.

No puedo negar que he tenido momentos que no han sacado lo mejor de mí, por ejemplo, cuando perdimos el terreno que estábamos negociando para construir nuestro templo de Fraijanes. Los propietarios ya nos habían dado el sí, pero se retractaron. Ese instante me frustró y me llenó de confusión porque estaba seguro de que seguía la instrucción de Dios.

Cuando me dieron la noticia del fallecimiento de un amigo muy querido también me descompuse. ¿Cómo entender la partida de un amigo a quien uno ama? Es un proceso que requiere la asimilación de múltiples emociones.

Cuando acompañé a mi hija al altar también viví emociones encontradas. Entendía que la habíamos preparado para ese momento, pero también sabía que implicaba su partida de nuestro hogar y ahí viví una alegría un tanto triste.

¿Cuáles son los eventos que no han sacado lo mejor de ti?

Todo esto nos permite ilustrar que somos personas nacidas de nuevo, tratando de que nuestra relación con Dios nos lleve a ser mejores versiones de nosotros mismos. Nunca he entendido de dónde viene ese afán de etiquetar a las personas, exigiendo que seamos de una u otra manera, en su mayoría juzgando qué tan perfectos somos.

Me resisto a que una etiqueta determine cómo debemos actuar o comportarnos. Eso sí: me esfuerzo para ser auténtico en todos lados, por eso suelo contar anécdotas y chistes o incluso lloro mientras predico. Me pasa lo mismo en mi casa o en una reunión con mi equipo de trabajo. Hay quienes opinan que eso me “resta audiencia”, pero para mí es inevitable mantener la esencia.

Me gusta cómo Pablo, en Filipenses 3:12-14, nos invita a no quedarnos frustrados cuando nos equivocamos, cuando nuestra reacción puede hacerle daño a quienes nos rodean, cuando caemos en esa vulnerabilidad que nos hace tan humanos. Primero, aceptar que no somos perfectos. Segundo, eliminar la culpa, buscar los ojos de misericordia del Padre Celestial. Tercero, poner la mirada en el futuro, aprender y no volver a tener la misma reacción.

Practiquemos esos puntos, llenémonos de fuerza y sigamos enfocados en esa meta: ser mejores hijos, esposos, trabajadores, cristianos, hermanos, amigos, compañeros de trabajo. Luchemos por tener un buen testimonio, por reflejar lo que Jesús haría en nuestro ambiente y en nuestro mundo. Es tiempo de ser cristianos auténticos y reflejar la misericordia de Dios, quien nos extiende su amor, no nos juzga y tampoco nos condena porque sabe que estamos en proceso de construcción.

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