Hablar con Dios


Cada día establecemos conversaciones con muchas personas que pueden ayudarnos en algo en particular, escucharnos o simplemente intercambiar opiniones.

Dicen que las mujeres expresan más de 10 mil palabras al día, al parecer esto se debe a las conexiones cerebrales entre los dos hemisferios y porque poseen una amplia región cerebral del lenguaje. Yo admiro esa capacidad tan femenina, especialmente porque muchas de ellas la canalizan para hablar con Dios. ¿Cuántos testimonios hay de mujeres que propician la transformación de la familia entera al acudir a Dios?

Sin duda, para las mujeres es mucho más fácil entender ese papel que podemos desempeñar para orar y clamar al Señor por algo o alguien. Lo he visto con mi esposa, quien hace muchos años desarrolló el ministerio de intercesión en nuestra iglesia y se ha comprometido de lleno en esa tarea. He observado cómo dedica su tiempo para contagiar a otras personas de ese anhelo por la intercesión. Me gusta escuchar cuando termina sus conversaciones personales o telefónicas diciendo “oremos” o “debemos interceder” o “voy a orar por ti” y, efectivamente, asume ese compromiso.

Todos tenemos etapas en la vida donde buscamos esa comunicación más directa con Dios. Debería ser siempre, pero hay momentos que nos acercan a Él para siempre.

La oración es nuestro bastión, la columna vertebral de la vida cristiana. A veces debemos dejar de buscar soluciones con nuestras fuerzas y recursos limitados para acercarnos a Dios en oración y con humildad. Su Palabra dice que, si nos acercamos y le pedimos, Él nos enseñará; es decir, nos revelará lo que no sabemos, lo que está oculto a nuestro entendimiento (Jeremías 33:3).

La oración es el arma más efectiva y también la más sencilla de usar. Yo he experimentado que una vida de oración nos mantiene seguros en las manos de Dios.

Orar por nuestra nación

La Biblia dice: “Pídeme y te daré por herencia las naciones”, estoy seguro de que debemos clamar por el lugar en el que nacimos. Imagina a muchas personas bendiciendo la misma colonia o el mismo vecindario. ¿No crees que Dios actuaría? Claro que sí, porque Él está atento al clamor de sus hijos. Además, nuestras palabras tienen el poder de desatar bendición, pero debemos provocarla.

Mi país, Guatemala, está en proceso de elecciones democráticas y esto ha favorecido que nos unamos a clamar por esta tierra bendita. Ahora es cuando necesitamos sabiduría de parte de Dios para saber elegir a nuestras siguientes autoridades de manera responsable. Hoy les pido que se unan a orar por mi país, un territorio lleno de riquezas naturales y, sobre todo, con gente esforzada, trabajadora, chispuda y con sus ojos puestos en Dios.

Por medio de conversaciones con nuestro Padre podemos cambiar mi país y el tuyo. Aprovechemos a declarar palabras de bendición sobre nuestros territorios.

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