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¡El mejor día!


¿Te ha pasado que en una semana muy buena tienes un día malísimo? Recuerdo el nacimiento de mi hija, Ana Gabriela, cuando todos los días que precedieron fueron de mucha felicidad, el día del parto todo se complicó en un lapso de dos horas de tal manera ambas estuvieron en riesgo de muerte. Al final, Dios cuidó de la vida de ambas.

La vida está llena de altibajos. Hay momentos muy buenos o malos, pero de una u otra forma terminan en victoria si actuamos por fe. Jesús, luego de tres años de ministerio y de victoria tras victoria, vivió los peores días antes de Su crucifixión. Pero aquella semana no empezó mal: entró en Jerusalén y lo recibieron como rey. ¡Qué mejor augurio para una excelente semana! Sin embargo, no fue así. Los malos momentos empezaron cuando en Getsemaní se mostró vulnerable ante Sus discípulos y les pidió a que permanecieran con Él; sin embargo, no sintió el apoyo de ellos, pues no pudieron velar siquiera una hora (Mateo 26:36-42)

Creo que todos hemos sentido que cuando más necesitamos de alguien, nadie nos apoya, aun cuando apoyamos a otras personas. Le hemos hecho falta a alguien y nos han hecho falta a nosotros. Incluso a Dios le hemos fallado al no apoyarle esmerándonos con nuestro servicio del mismo modo como nos esmeramos cuando se trata de recibir algo para nuestro beneficio.

Jesús es experto en manejar este tipo de situaciones y nos enseña que, si alguien no nos apoya, no debemos pagarle de la misma manera porque Él siguió amando a sus discípulos.

Sin embargo, el sufrimiento de Cristo no terminó ahí. Luego apareció Judas para traicionarlo a cambio de treinta monedas de plata, que hoy podría ser el equivalente a $300 dólares estadounidenses. Más tarde, cuando ya estaba crucificado, los romanos se burlaron de Él, diciéndole que si era el rey de los judíos bajara de la cruz. Fue entonces cuando se sintió abandonado hasta de Su Padre, pero a pesar de su dolor y confusión, le encomendó Su Espíritu porque sabía que iba a resucitar tres días después.

Es en este punto donde nos damos cuenta de la importancia de la oración de Jesús en Getsemaní, ya que fue la oración la que le permitió soportar Su pasión. Por eso, aunque la gente no te apoye, te traicione o te abandone, la oración es la clave para soportar y sobrepasar todo. De hecho, Jesús aún tuvo ánimos para dirigirse al ladrón arrepentido y a Juan para encomendarle a Su madre.

Todo aquel sufrimiento de Cristo tuvo un propósito y, antes de que terminara esa misma semana tan llena de altibajos, Él resucitó (Juan 20:11-18). Ese fue el mejor día de la peor semana.

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