Del siglo pasado


Esta semana, a propósito de la celebración del Día de los Abuelos en varios países de Latinoamérica, me enviaron un hermoso video de la “Generación de Oro 40-60” que habla sobre nosotros, las personas que tenemos más de 50 años.

Me conmovió porque describe mucho de lo que vivimos quienes crecimos escuchando rock and roll; nosotros que nos emocionamos con los primeros logros de la conquista del espacio, que vivimos revoluciones y enfrentamientos que sonaban a tercera guerra mundial, y fundamos los cimientos para lo que evolucionó de la modernidad a lo contemporáneo en todo sentido, incluyendo las comunicaciones. Porque, efectivamente, mis estimados jóvenes milenials y de la generación z, toda la tecnología y conectividad que ustedes manejan tan familiarmente tuvo sus orígenes en las mentes maestras de nuestra generación de los ahora abuelitos. ¡A mucha honra!  

Pues el video, con tinte nostálgico, hace una radiografía de la sociedad en la que vivíamos. Que si jugábamos en las calles…que si disfrutábamos más de una vida sencilla…que si había menos contaminación… aunque realmente, cada generación maneja sus conflictos, supera sus retos y ofrece sus aportes a lo que llamamos humanidad. Todo es relativo y no por ello, es menos valioso.

Lo que sí es verdad y lo que realmente me encantó del video es la intención de rescatar los valores del amor y el respeto. No lo digo porque piense que ahora se han perdido del todo. No, en serio me niego a sonar como viejito cascarrabias, que entre dientes dice: “Esta juventud de hoy está perdida. Todo tiempo pasado fue mejor. ¡A saber cómo vamos a parar!” Porque, aunque no lo crean, cuando yo tenía 18 años, escuché lo mismo de boca de las personas de 50 años o más. Incluyendo maestros, tías y padres de amigos. Así que la queja, como el deseo de progresar, ha permanecido.

Y sí, soy optimista, tengo fe, sé que el amor y el respeto, como valores humanos, no se han extinguido, porque Dios los configuró como parte de nuestra esencia. Por supuesto que es necesario, o más bien urgente, rescatarlos y mantenerlos vivos en la mente y el corazón de cada niño que nace, que merece ser amado y respetado, para luego replicar ese patrón de conducta que ama y respeta como un ciclo sin fin que nos hace bien a todos. Mucho mejor si este círculo virtuoso de amor y respeto se aprende en familia, ese pequeño grupito de personas que se cuidan y en quienes podemos confiar.

Porque los riesgos de perder el sentido de la vida están latentes. Fácilmente podemos extraviarnos, confundirnos y llamar a lo malo bueno, haciendo a un lado todo aquello que sin duda es bueno y deseable. Por ejemplo, jamás será negativo usar lo que antes llamábamos las palabras mágicas: “Por favor y gracias”; tampoco será contraproducente aprender a escuchar y medir lo que decimos; mucho menos tendrá consecuencias indeseables hacer vida los sabios consejos que nunca pasan de moda. Uno de los que más recuerdo porque me impactó en clase de Historia es la frase de Benito Juárez: “El respeto al derecho ajeno es la paz”.

Y claro, siempre, pero siempre, siempre será la mejor opción y nunca fallaremos si nos dejamos guiar por el más inteligente, sabio y creativo, el que nunca cambia, el que permanece y trasciende por generaciones, quien nos aconseja: “Un nuevo mandamiento les doy, ámense unos a otros como yo los he amado”.  

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