Cuando lo que Dios hace no tiene sentido


¿Alguna vez has pensado que lo que Dios hace no tiene sentido? Por lo general este razonamiento llega cuando pasan cosas adversas. Difícilmente al recibir una bendición pensamos: “¿Por qué Dios me beneficia así? ¿Qué hice para merecer esto? ¿Cómo llegó este milagro?” Las cosas buenas las recibimos y disfrutamos sin pensar cómo las recibimos. La salvación es uno de esos miles de beneficios que recibimos porque Dios es bueno. Nada de lo que alcancemos o hagamos nos hace merecedores de esa gran bendición y, sin embargo, Dios nos la otorga gratuitamente.

En un escenario adverso como la pérdida de un ser amado por COVID-19 o cualquier otra enfermedad, el divorcio de los padres, la enfermedad de un ser querido o la muerte de un médico, un salmista o un pastor —como recientemente le pasó a Jaime Murell o al apóstol Alex González, por quienes oramos e intercedimos—, al final ese milagro que esperábamos no se dio. En esas situaciones es fácil pensar que Dios no escuchó nuestra oración o que no quiso sanarlos. Y aunque todo parezca no tener sentido, Dios no se equivoca.

El dolor nos puede llevar a creer que Dios no estuvo ahí, pero en realidad Su voluntad es buena, agradable y perfecta. Él es soberano y conoce el tiempo perfecto para que Sus hijos lleguen a disfrutar de Su presencia en el cielo. Además, morir es una realidad por la que debemos pasar todos: es un hecho que moriremos algún día y que puede suceder en cualquier instante, por eso debemos esforzarnos por vivir una vida según el propósito que Dios destinó para nosotros. Quienes nacemos de nuevo sabemos que “vivir es Cristo, y el morir es ganancia” (Filipenses 1:21).

¿Qué harías si hoy fuera tu último día de tu vida? Quizás pienses en pedir perdón, ponerte a cuentas con Dios, abrazar a tu familia, hacer una carta y dedicar un mensaje a tus hijos, darle gracias a tus padres por todo lo que han hecho por ti, dándote cuenta de que, sin importar si fue mucho o poco lo que te dieron, te amaron tal como eres. Probablemente no te alcancen las horas del día para prepararte para ese momento, pero pensar en esa posibilidad nos alerta a tomar acciones que le permitan a nuestra familia saber que estábamos listos, que no dejamos nada a medias y que vivimos atendiendo las instrucciones de Dios.

Sin importar si estás enfermo o sano, si eres médico, albañil, ama de casa, pastor o maestro, vive cada día como si fuera el último. Vale la pena esforzarnos para dejar un legado en el corazón de nuestros hijos, quienes recordarán nuestra pasión para servir al Señor y a la familia. Además, recordarán que éramos personas de fe. Más allá de si entendemos o no los designios de nuestro Padre, celebremos que nuestras bendiciones vienen de Él.

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