Cómo perdonar a quien nos ha hecho daño


Durante estas semanas que he compartido en nuestras conexiones dominicales sobre la arquitectura de la oración he recibido distintos comentarios. Dedico tiempo a leer parte de los mensajes que me llegan por distintas vías. Algunos necesitan una ampliación de la información y este espacio es ideal para hacerlo.

Quiero compartir con ustedes uno que inspiró mi mensaje de hoy: “Pastor, gracias por compartir enseñanzas con todos nosotros, me bendicen muchísimo, pero tengo que decirle que para usted es fácil hablar de perdón porque ha tenido una buena vida. Hay muchas personas que hemos pasado situaciones muy duras provocadas por otras personas, así que perdonar no es nada fácil. ¿Cómo se supone que perdone a quien me ha hecho daño? ¿Cómo perdonar la infidelidad de mi esposa, quien nos abandonó a mis tres hijos y a mí? Así que por primera vez no estoy de acuerdo con usted”.

Primero debo decir que no puedo revelar lo que me ha tocado perdonar a lo largo de toda mi vida. Entiendo que no esté de acuerdo conmigo y respeto mucho su opinión, sin embargo, yo solo estoy compartiendo lo que Jesús enseñó y lo que he aprendido a lo largo de los años tras establecer una relación con Él. Sin duda, quien reciba más ofensas, mayor probabilidad tiene de amargar su corazón.

Por eso Jesús nos enseñó una parábola sobre el reino de Dios y el valor del perdón: la del siervo al que su rey le perdonó una deuda de 10 mil talentos, pero que no pudo perdonar a otro una de cien denarios. Para que nos hagamos una idea de la diferencia entre una denominación y otra, un talento equivale a 6 mil denarios y un denario equivale al salario de una jornada. Esto significa que el rey le perdonó al primer deudor el equivalente a 60 millones de días de trabajo sin descanso, lo que es lo mismo que 164,184 años. En cambio, los 100 denarios del otro deudor no equivalían ni a cuatro meses de trabajo.

Si traemos a un contexto actual, multiplicando esos 60 millones de días de trabajo por un salario mínimo, por ejemplo de un país como Guatemala, podríamos concluir que ese siervo le debía $4 billones a su rey.

La razón de traer a colación estas cantidades es para que podamos comprender que hay un perdón que nos otorga nuestro Padre y hay otro que otorgamos nosotros a nuestros semejantes. Dimensionar la diferencia abismal entre uno y otro es el propósito de esta parábola.

Todos tenemos algo que perdonar, unas situaciones que parecen más duras que otras, pero al final no se trata del tamaño del pecado sino del tamaño del perdón; el precio tan grande que Dios pagó para darnos la libertad. Perdonar o no es una decisión personal, si no lo haces debes aprender a vivir con ese dolor dentro de ti. Nadie dijo que fuera fácil, pero si tenemos en cuenta el perdón que hemos recibido de parte de nuestro Padre Celestial debemos motivarnos a otorgar esa misma libertad.

En mi caso, mi mamá quedó sola y me sacó adelante sola. Jamás me habló mal de mi papá y eso mantuvo sano su corazón y el mío. Por mi propia experiencia puedo decir que perdonar es una decisión que libera. ¿Qué tal si lo intentas?

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