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¿Cómo funciona?


Hay algunos artículos de la vida cotidiana que usamos con frecuencia, aunque jamás hemos sabido cómo funcionan internamente. ¿O me dirás que sabes cómo funciona el magnetrón que produce las pequeñas ondas de alta densidad que se esparcen a través del ventilador y provoca que se caliente tu sopa instantánea en un microondas? O ¿será que cada vez que buscas en tu celular cómo llegar más rápido a una dirección, inmediatamente piensas en el Navistar-GPS (NAVigation System and Ranging – Global Positioning System), que sintetizado es el GPS?

Cuando compras tu primer carro difícilmente la emoción te deja examinar cómo es que la fuerza del motor hará que esa “nave” acelere en esa carretera antes de que te encuentres con el embotellamiento.

Seamos honestos: no sabemos cómo esas cosas hacen lo que necesitamos, pero ¡vaya si no las usamos! A menos que seas un ingeniero o un científico, quizás tu mente sí tenga la capacidad para comprender todas estas fórmulas científicas, pero el resto de las personas, como yo, no la tenemos.

Ahora, por eso mismo, mi mente de pastor no entiende cómo hay personas que quieren una explicación científica de cómo funciona la fe, o cómo un milagro de sanidad puede o no ser explicado, o por qué diezmar abre puertas de bendición. Esa misma persona que nunca leyó el manual de la televisión le pide a Dios que le mande “explicaciones”. El manual de vida está en la Biblia y ese tampoco lo quieren leer. ¿Alguien me puede explicar? Eso es algo que me cuesta entender.

La Biblia es una compilación de libros que nos comparten instrucciones que vienen de Dios y por fe las creemos. Reconocemos que Jesús vino a la tierra para darnos vida, y vida en abundancia. Por fe creemos que desde el momento que le abrimos nuestro corazón a Jesús nacemos de nuevo y nos convertimos en nuevas criaturas.

Quienes hemos experimentado esta nueva vida sabemos los beneficios que hemos recibido, así que quizás no podamos brindar explicaciones sencillas que lleven a otros a creer lo que nosotros ya conocimos. Lo que sí sé es que todos nacemos con una dosis de fe y Dios no miente. En Números 23:19 dice: “Dios no es hombre para que mienta, ni hijo de hombre para que se arrepienta. Él dijo, ¿y no hará? Habló, ¿y no lo ejecutará?”

Si estás en ese grupo de personas que buscan explicaciones, te recomiendo que no pierdas tiempo. No hay un teólogo o una clase magistral que te ayude a entender que Dios dio a Su Hijo para que diera Su vida por ti y para que tu vida esté llena de prosperidad.

Reconoce delante de Dios esa chispa de incredulidad que quizá está en tu corazón y pídele que te ayude a ver las cosas con los ojos de la fe. Y si conoces a alguien que está en esa búsqueda, ora para que Él se le manifieste. Mientras tanto, ama a esa persona como Dios le ama.

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