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¡Bienvenido, Jesús!


Estamos en la temporada donde se recuerda mucho al niño Jesús, ese bebé que debido a las circunstancias nació en un pesebre y atrajo a reyes que recorrieron grandes distancias para llevarle grandes tesoros.

Muchos dicen que Jesús nació en un establo para enseñarnos humildad, pero realmente no fue así, pues ni María ni José lo prepararon de esa forma. La historia dice que Su madre lo acostó en un pesebre porque no había lugar en la posada, no porque quisieran dar una lección de humildad. Si nosotros, siendo humanos, jamás someteríamos a nuestros hijos recién nacidos a una situación así, mucho menos ellos que sabían sobre la divinidad de ese bebé.

Esa circunstancia adversa fue pasajera porque el destino de Jesús era glorioso. Es lo que les sucede a las personas que viven una serie de circunstancias como una quiebra, un divorcio, la separación familiar o una enfermedad que las lleva a conocer a Jesús y ese es el inicio para que su vida tenga sentido y el propósito glorioso se cumpla.

Yo le abrí mi corazón a Jesús en circunstancias inimaginables. Primero debo decir que crecí sin la presencia de mi padre y fue mi madre quien tuvo que lidiar con la clásica rebeldía de adolescente. Pero un día después de salir de fiesta con mis amigos y amanecer de resaca acepté la invitación para ir a la iglesia. Llegué con mis jeans rotos y una cajetilla de cigarros en la bolsa del pantalón y de manera espontánea caminé al altar para entregarle mi vida al Señor. En ese momento inició mi vida de fe. Fue en 1982, cuando empecé a descubrir la paternidad de Dios, que establecí una íntima y profunda relación con Él.

Cuando recibimos a Jesús en nuestro corazón comenzamos una nueva vida y la Palabra de Dios se convierte en la promesa eterna que nos guía porque permanece para siempre.

Este día es el mejor para permitir que Jesús nazca en tu corazón y en tu hogar, te reconcilies con Él o retomes con fuerza esa relación que inició hace muchos años y que las circunstancias dejaron estancada. Con él no hay protocolos ni hacen falta las palabras rebuscadas para empezar de nuevo, solo exprésale que deseas que tome Su lugar en tu vida y en tu corazón.

Como leemos en Su Palabra, con el corazón se cree para justicia y con la boca se confiesa salvación (Romanos 10:10-13). Nacemos de nuevo cuando confesamos con nuestros labios que Jesús es nuestro Salvador. Después busca una Biblia y empieza a leerla. Verás cómo, poco a poco, las Escrituras cobran sentido para ti.

¡Dale la bienvenida a Jesús!

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