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90 minutos de juego


Por lo general un partido de futbol se desarrolla en un periodo de 90 minutos, tiempo en que el fanático vive todas las emociones que un ser humano puede experimentar: alegría, enojo, frustración, euforia, etc. Y cuando el equipo gana o pierde esas expresiones se llevan fuera de la cancha y la televisión. He visto amigos que no se quitan la camisola de la “buena suerte”.

También he visto cómo se aborda un error que la máxima estrella cometa, por ejemplo, fallar un penal o equivocarse en un pase crucial. Los 87 minutos que jugó bien se echan a perder por esa “falla”. Ese mismo jugador ovacionado unos días antes termina recibiendo la crítica no solo de los grandes especialistas y comentaristas de la materia, sino de todo aquel que tenga una cuenta social. Cuando la estrella no hace lo que se “espera” de él, nadie se pregunta si está bien, simplemente se le lapida con una fuerza desmesurada. ¿Te suena familiar?

Pues déjame decirte que esa es la actitud que se replica en todas las áreas de la vida. Cuando un líder, un pastor, un docente o un vecino se resbala, todos levantan la voz para reprochar su falla, no para ayudarlo. Olvidamos que todos somos suceptibles a los errores y tarde o temprano agradeceríamos la misericordia.

¿Recuerdas cuando Jesús tuvo misericordia sobre la mujer adúltera? Juan 8:4-7 (en la versión bíblica “Dios Habla Hoy”) dice: “Y le dijeron a Jesús: ―Maestro, esta mujer ha sido sorprendida en el momento mismo en que cometía adulterio. La ley de Moisés nos ordena que debemos apedrear a esa clase de mujeres. ¿Tú qué dices? Ellos le estaban poniendo una trampa al hacerle esa pregunta, para así tener de qué acusarlo. Pero Jesús se inclinó y comenzó a escribir en el suelo con su dedo. Como seguían haciéndole preguntas, se enderezó y les dijo: ―Aquel de ustedes que nunca haya pecado, tire la primera piedra”.

Ese pasaje nos ilustra que en los mayores fracasos o tropiezos, cuando el mundo nos quiere lapidar, nuestro Señor tiene misericordia sobre nosotros y está ahí para que no nos acaben.

¿Cuánta misericordia necesitarías en una circunstancia como esa? Todos, diariamente, necesitamos de esa misericordia que nos hace vivir agradecidos y nos motiva a no volver a cometer los mismos errores, sino a vivir una vida de acuerdo con el propósito de Dios.

Imitemos a Jesús. Evitemos estar del lado de quienes acusan, juzgan o quieren tirar la piedra. Pongámonos a la par del que perdona, que entiende la vulnerabilidad y otorga nuevas oportunidades. Evita juzgar a una persona por el error de un minuto y más bien califícala por el esfuerzo de toda una vida.

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