Dos vidas


He vivido una tarde de domingo como pocas. El 2 de septiembre, a las 2:00 pm, en Guatemala, cobró relevancia la vida de los bebés que se están formando para ver y sentir el mundo fuera del vientre de su mamá. Además, cobró relevancia la vida de la mujer, cuyo cuerpo generoso tiene la capacidad de brindar toda la materia prima, sustento y protección a un nuevo ser humano que se forma dentro de ella y al que llamará hijo por el resto de sus días. Por supuesto, simultáneamente, en la misma fecha y hora, 2 de septiembre, a las 2:00 de la tarde, cobró relevancia la polémica sobre dónde comienzan y dónde terminan los derechos de estas dos vidas, íntimamente relacionadas.

Porque así, tal cual, es como lo percibo. Una madre y su hijo comparten un vínculo único, irrepetible en la naturaleza. Desde el momento de la concepción, se inicia entre ellos un romance, una relación simbiótica tan extraordinaria que solamente puede apreciarse como un plan divino. Un biólogo me corregiría: “Pastor, lo siento, pero no es una relación simbiótica, porque no hay mutuo beneficio, al contrario, el bebé literalmente se sirve del cuerpo de una mujer para desarrollarse.” Ok, pero, sin duda, una madre que lleva un hijo en su vientre no es la misma persona después de enfrentar ese dramático e intenso proceso, que sin duda es difícil, incluso doloroso. Más aún si es una experiencia que no se deseó o buscó. ¿Entonces? ¿Dónde está el mutuo beneficio? Por muy disruptivo que suene, intento superar el enfoque fisiológico y psicológico, para abrir las puertas al enfoque espiritual y sobrenatural desde el cual es imposible no ver la maternidad como una bendición.  

Sí, sí, ya sé que me estoy metiendo a honduras, como decimos por acá, porque hay mil argumentos, mil “qué pasa si…”, mil justificaciones y razonamientos sensatos de la lógica humana sobre las motivaciones válidas para terminar con un embarazo, acción que mata a dos seres: al hijo y a la madre, porque un aborto es un doble asesinato que nos debería doler a todos. Por evitar ese dolor iniciamos una marcha pacífica el 2 de septiembre, a las 2 de la tarde.

Por supuesto, soy pastor, y hablo desde mi visión de fe, totalmente parcializada y condicionada por el infinito, tierno y trascendental amor de Dios, Padre por excelencia, quien respetó la relación de consanguinidad y el vínculo parental para que Su Hijo se formara en el vientre de una madre que le dio la vida, y creciera sustentado por una familia.

Así que el domingo, nos reunimos varios miles de apasionados por la vida y por la familia responsable que respeta el diseño divino. Fuimos un impresionante grupo de guatemaltecos los que caminamos unos kilómetros para que el mundo escuchara que tenemos conciencia, que reconocemos el problema y que sabemos que la solución no es la muerte; caminamos para que quienes legislan en Guatemala supieran que aceptamos el reto de buscar soluciones proactivas y de restauración para las tormentosas consecuencias de la violencia sexual que provoca la horrenda muerte física, psicológica y moral de niñas abusadas y de bebés en gestación, dos vidas que merecen respeto.

 

Digo: “Caminamos”, aunque ese día yo estaba predicando en Santiago de Chile, pero estuve allí, en la Plaza Italia, frente a la municipalidad, y avancé hasta el Parque Central de la Ciudad de Guatemala, representado por la congregación de Casa de Dios, por cada uno de los corazones que se emocionaron, las piernas que avanzaron y los pulmones que tomaron aire para que las voces se escucharan: “Sí a la vida”.

 

 

 

 

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