Dios no registra los fracasos


¿Alguna vez te ha pasado que se te acerca una persona a saludarte de manera efusiva y no logras recordar su nombre? Es una sensación incómoda. Esos primeros segundos son incómodos y queremos que nos trague la tierra. Imagina la cantidad de personas que conozco en las conferencias que imparto dentro y fuera de Guatemala, firmas de libros y congresos… Así que, aunque los rostros se me hacen familiares y tengo buena memoria, recordar los nombres de todos es una misión imposible.

Nuestro cerebro tiende a “llenarse” de datos, nombres y personas, eventos y acontecimientos de lo que vivimos diariamente, así que por eso es común olvidar algunas cosas y recordar otras de manera vívida.

¿Saben? La forma en que Dios usa su memoria es interesante porque Él es capaz de recordarlo todo; sin embargo, no lo hace. ¿Cómo es posible? Sencillo: Él te recuerda a ti y a tus buenas obras, pero olvida tus errores. Incluso recuerda nuestras ofrendas aun cuando nosotros mismos las hayamos olvidado. Y es porque Él olvida lo malo y recuerda lo bueno (Isaías 43:25-28). Le sucede lo mismo a las madres desde el momento en que estrechan en sus manos a sus bebés: se olvidan de los dolores del parto. O los padres de familia que el día de la graduación olvidan el sacrificio que implicó pagar su educación.

En los primeros cuatro versículos de Salmos 20 podemos ver que Dios oye, defiende, ayuda, sostiene, recuerda, acepta, da y cumple su Palabra: ocho verbos que nos aseguran que estamos en sus manos.

Dios no trae a memoria nuestras faltas ni fracasos, sino nuestras victorias. Lo vemos cuando se refiere a David, a Sansón, a Barac y otros hombres y mujeres. En el Nuevo Testamento se recuerdan sus buenas acciones (Hebreos 11:32-38), y sus errores se quedaron en el Antiguo Testamento. Esta es una razón para que no nos martiricemos con nuestros errores del pasado y evitemos reprochárselos a los demás. Si ni el Señor lo hace, ¿por qué hacerlo nosotros?

Quizás el 2019 fue un año complejo en el que no cumpliste tus metas profesionales, familiares o espirituales. A pesar de eso no debemos calificar el año como negativo o infructuoso. Todo lo que viviste te ayudó a crecer como persona y poner en práctica tu fe. Mira las cosas desde la perspectiva de Dios, quien conoce tu esfuerzo y tus luchas. Por eso valora tus triunfos más que tus desaciertos.

Antes de que termine el año evalúa todo lo que pasó en estos meses, en los que la misericordia de Dios ha estado presente en tu vida. Piensa en la cantidad de veces que has podido levantarte, servir a Dios y a tu familia, congregarte en tu iglesia, ayudar al prójimo… ¡Piensa en tus victorias! Enfoca tus ojos en lo bueno y no permitas que el pasado opaque tu futuro (Isaías 43:25-28).

Vuelve a planear en grande, sueña, cree y declara que Dios estará contigo durante todo el 2020. Llénate de fe y contagia a quienes te rodean.

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