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Cómo profundizar tu relación con Dios

Hoy estaba pensando en qué quiere el Señor que les comparta. Y Él me llevó a un versículo que es en el que hoy nos vamos a basar.

 

Filipenses 3:10

 

En este capítulo, Pablo está haciendo una apología de su ministerio, una defensa de lo que se propone. Nos dice que lo que antes tenía por ganancia, ahora lo tiene por basura. En el verso 10, hace el resumen de lo que está diciendo en la totalidad del capítulo, está confesando lo que está en su corazón y lo que Él está percibiendo.

 

Lo he perdido todo a fin de conocer a Cristo, experimentar el poder que se manifestó en su resurrección, participar en sus sufrimientos y llegar a ser semejante a Él en su muerte.

 

El apóstol Pablo habla de cuatro cosas. Les voy a contar una ilustración. Hace años, tuve el privilegio de ser pastor por la zona de Los Ángeles, Estados Unidos. Y mi casa estaba cerca de una playada llamada Malibú. Yo iba a esas playas a inspirarme, y de repente, lo que vieron mis ojos se convirtió en una analogía de la vida de muchas congregaciones. Noté que hay mucha gente que camina por una callecita que está mirando a la playa, pero que pasa por el costado. Pensé que así son muchas personas, que pasan por la iglesia de ladito, pero no se involucran en las cosas de Dios. 

 

También observé que los que hacían castillos de arena, no eran niños. Resulta que ahí se juntan ingenieros y arquitectos a hacer los castillos, y hacen unas cosas increíbles. Estaban ahí preparándose y hasta poniendo biombos para que otros no espiaran lo que hacían, y otra vez, eso se convirtió en otra analogía. Hay muchos que se involucran y construyen estructuras religiosas, que se afanan de tener sana doctrina, pero el problema es cuando viene el atardecer, sube el agua y, muchas veces, bota todo lo que han hecho. El agua es una figura del Espíritu Santo,  y dígame si no es cierto que a algunos les incomoda que el Espíritu Santo venga a hacer algo nuevo. Conozco iglesias que tienen una estructura eclesiástica, pero el problema es cuando el Espíritu Santo les quiere cambiar eso. A veces, hacemos canaletas para que el Espíritu Santo no cambie lo que hasta ahora teníamos. En esa playa, también hay surfers, ellos vienen, se suben a la mejor ola que encuentran, y así pasan todo el día. Sí se meten agua, pero en la superficie. Así son muchos con las cosas del Espíritu, nos gusta el movimiento de la iglesia, pero nos quedamos en la superficie. Veo a muchas personas siguiendo modas evangélicas. Así es a veces con todo, pero nos quedamos en la superficie. Estaba en esa playa y, de repente, pasaron unos buzos, se metieron al agua, hasta el fondo. Y pensé: “eso es lo que debemos ser: buzos espirituales”.

 

¿Quiénes quieren profundizar su relación con el Señor? Si no es por eso que nos reunimos, ¿para qué lo hacemos? Esta es una gran oportunidad para que profundicemos. En esta oración, Pablo confiesa que desea cuatro cosas para su vida.

 

Número uno: Yo quiero conocer más de Él. Pablo cuando escribe a los Filipenses, ya había escrito casi todo el Nuevo Testamento. Ya era un pastor consagrado, y aún así, decía: “Yo quiero conocerlo a El”. Definitivamente, él era un buzo espiritual, no quería conformarse con quedarse en la superficialidad del espíritu, quería ir más profundo. Por eso, más adelante, escribe: “Todo lo puedo en Cristo que me fortalece,” porque tenía un conocimiento sublime del Señor. Entendía que Dios es ilimitado, que nadie puede conformarse con lo que sabe de Dios. A veces, me da pena que hay ministros que creen que ya se graduaron de Su conocimiento. Dios es Dios, es ilimitado, es enorme, es el Creador del cielo y la tierra, de las galaxias.

 

Dios es tan grande que ni siquiera existe. ¿Por qué digo eso? La existencia está limitada por tiempo y espacio. Algo existe cuando ocupa un espacio y está ubicado en el tiempo, pero resulta que Él está más allá del tiempo y el espacio, es omnipresente, porque Dios no existe, Él es. Por eso, Dios dice: “Yo soy,” vive en un eterno presente, Él es Dios.

 

Si queremos conocer más de El, debemos de buscarlo más en las Escrituras. Hay personas que tienen tan poco conocimiento de Biblia. La otra vez, escuchaba una banda famosa que hablaba de la batalla entre Daniel y Goliat. ¿Qué es eso? Dios ha revelado las sagradas Escrituras, debemos conocerlas. Un día, meditaba en el Nombre del Señor. Cuando Moisés le pregunta quién es, el dice “Yo soy”. La palabra original es YHVH, trate de pronunciar eso, no se puede. Por eso, en algunas versiones leemos Yahvé; en otras, Jehová. Originalmente, no se podía pronunciar. Encontré que cuando uno dice las siglas originales del nombre de Jehová o Yahvé, para los Hebreos ese es el sonido de la respiración. Esta palabra tiene que ver con respirar. Piense, ¿qué es lo primero que tiene que hacer un ser humano para vivir? ¿Será que lo primero que debe hacer es decir el nombre del Señor? De la misma forma, cuando el ser humano deja de vivir, deja de respirar, no puede decir el nombre del Señor. ¿Será por eso que Jesús dijo: “Yo soy la vida”? No podemos vivir sin Él, por eso, si queremos vivir una vida de victoria. Si queremos vivir conforme a su potencial y a lo que Él tiene, no debemos conformarnos y saber más de El.

 

Número dos: Yo quiero experimentar el poder, que está vivo, conversar con Él.

 

Por eso, el apóstol dice: “Yo quiero experimentar el poder de la resurrección”; quiere seguir experimentando que Jesús está vivo, eso se hace a través de la oración. Yo sé que alguien está vivo cuando puedo conversar con El, pero hemos convertido la oración en un monólogo religioso. ¿A qué me refiero? Yo a veces escucho cómo hablamos en las iglesias y me doy cuenta que hay muchas frases, mucho abuso de palabras. Si hablo con una persona y cada tres palabras le digo su nombre, suena extraño. Dígame si no es raro decirle al Señor “señor” a cada rato, es como que tuviéramos otra cosa que decirle. Otra cosa, son los tonos extraños. ¿Qué es eso? Llegó el tiempo que cultivemos una vida de oración genuina; no me voy a cansar de repetir eso. Decimos: “Queremos más de Dios”. Pero no va a ocurrir hasta que no tengamos un diálogo genuino con Él. ¿Hace cuánto que no hablas con Él en privado, sin un ministro que te esté guiando? Seguro que necesitas de esto, pero cuidado que no se convierta en un biberón espiritual. La iglesia está para equipar a los santos para la obra del ministerio, pero si quieres conocer más de El, tienes que pasar tiempo con El. Pablo había tenido una experiencia transformadora con El, pero no se conformaba. A veces, nos conformamos sólo con conocer al Señor; otros, con bautizarse; otros, con tener una experiencia sobrenatural, pero ¿por qué no seguir esperando en tener nuevas experiencias con El? Pablo no se conformaba con quedarse en la superficie, no quería sólo conocer al Espíritu Santo de oídas, él quería seguir experimentando.

 

Número tres: Yo quiero participar de sus padecimientos. Esta está más extraña. En otras palabras, Pablo dice: “Yo quiero sufrir”. Dígame que no suena raro y loco en un ambiente donde lo que más escuchamos es cómo parar de sufrir. A todos nos gusta la onda positiva de las iglesias, pero cuidado, dijo Jesús “el que quiera venir en pos de mí, tome su cruz y sígame”.

 

¿Qué será que Pablo tiene en mente cuando escribe que Él quiere seguir participando del dolor de Cristo? Lo que tiene en mente está en Mateo 25. Cuando Jesús dice que en aquel día, va a separar a las ovejas de los cabritos y hará las siguientes preguntas: Tuve hambre, ¿me diste de comer? Tuve sed, ¿me diste de beber? En ese día, le van a preguntar cuándo le dio de comer o beber.  Jesús dice que cuando lo hacemos a uno de ellos, lo hacemos con él. Está diciendo que sigues presente en el dolor de la gente que amas, que lo que hacemos por el que se duele es para Él. Jesús está describiendo el día del juicio, ¿qué le vamos a responder? “Fui edecán, dirigí la alabanza, etc.”. Hace unos años, tenía un amigo que trabajaba con drogadictos y me mandó un mail contándome que a la una y media de la mañana, le tocaron la puerta de un centro de rehabilitación donde trabajaba, y fue a ver quién era, y era un policía. Éste le dijo que tenía a un joven para dejarlo ahí con él, pues tenían un acuerdo con el centro. Luego, entró otro policía con un joven con el pelo desbaratado y sangrando. Mi amigo se asustó al verlo, el policía le dijo que se tenía que quedar ahí, sacaron un documento para firmarlo y cuando se dio cuenta, ya se habían ido. Me cuenta que sintió algo muy raro; primero tuvo miedo, y luego, sintió que tenía que ir a abrazarlo. No sabe ni cómo ocurrió, pero de repente, dice que estaba abrazando a ese joven, y en ese momento, tuvo que mirarlo a los ojos, porque sintió que estaba abrazando al mismo Jesús. Esa no es mala teología, de eso habló Jesús.

 

Mateo 25 no es un versículo popular, no lo predicamos demasiado, pero está ahí. Son preguntas que vamos a tener que responder. Tuve hambre, tuve sed, estuve desnudo, ¿qué hiciste? ¿Usabas corbata, nunca faltabas al templo? ¿O hiciste una diferencia en mi nombre, me diste de comer y beber? Si entendiéramos esto, que Jesús está presente en el dolor de las personas que nos rodean, ¿no sería distinta nuestra familia, nuestra congregación, nuestra Guatemala? ¿No seríamos diferentes como pueblo de Cristo? Pablo lo entiende y dice: “Yo quiero participar de tus padecimientos, quiero hurgar tus sagradas Escrituras, no sólo quiero tener vivencias; ahora entiendo lo que hay en tu corazón y que sigues doliéndote en el dolor de la gente, que es una urgencia darte de comer, beber, estar contigo”.

 

Número cuatro: Quiero ser semejante a Él en su  muerte. Si el grano de trigo no cae en la tierra y muere, no puede llevar buen fruto. A veces, queremos más de Dios, pero no estamos dispuestos a morir. Yo viajo mucho y tengo amigos en distintos países. Hace poco, estaba en Costa rica con un amigo, me llevó a su casa nueva y me mostró todos los rincones. De repente, llegamos a un cuarto y cuando pasamos, veo que en vez de abrirla, pone llave. Resulta que su hija es dentista, pensé: “debe haber un cadáver lo que tiene ahí”. Me causó gracia, porque vi que se pusieron colorados, les dio pena. Luego pensé, eso hacemos tantas veces con el Señor, lo invitamos a nuestra vida, que tome posesión, pero nos guardamos un cuartito donde tenemos nuestros cadáveres, nuestras zonas peligrosas, donde tenemos una dentadura que deja mucho que desear. Si queremos la bendición total de Dios, no hay otro camino que morir a nuestra carne. Sé que aquí hay algunos que miran las cosas de Dios desde lejos; otros que tienen un conocimiento teórico y otros que han tenido experiencias superficiales. Pero hoy, Dios quiere que te conviertas en un buzo espiritual, que estés dispuesto a morir por el Señor.

 

Cuando era pequeño, mi mamá me contaba muchas historias de Alejandro Magno. Dice la historia que él tenía una costumbre, enviaba un mensajero que decía a sus opositores: “La rendición es vida, la rebelión es muerte”. Llegó el mensajero al rey y él se asombra de lo manda a decir, pues no tenía un ejército tan numeroso, y decide no rendirse.  Se juntan frente a un precipicio, y Alejandro le volvió a decir lo mismo. El rey pensó que era una trampa, así que eligió una fila del ejército de Alejandro, la de atrás. Alejandro vio al rey y a sus soldados, y dijo “marchen”. Ellos se dieron vuelta y cada uno fue caminando hacia el peñasco y entregaron su vida por su general. El rey se asustó y pensó: “Si estos soldados están dispuestos a hacer eso, ¿qué no pueden hacer por él? Y tuvo miedo. El ejército del rey se asustó al ver lo ocurrido y perdió la batalla.

 

A veces, en la iglesia preguntamos “¿cuántos están alegres?”. No creo que eso sea lo más importante, pues es un número. La pregunta es “¿quienes están dispuestos a hacer un compromiso de seguir conociéndolo a El y no conformarse?”. Si hacemos un compromiso de participar de sus padecimientos, abrazándolo en el dolor de la gente, todo lo que puede cambiar. Si sólo alguno de nosotros decide morir enteramente a su carne, ¿qué no puede hacer el Señor con Él? ¿Quiénes dicen: “Yo quiero conocerle a El, quiero experimentar el poder de la resurrección, yo voy a participar en el dolor de sus padecimientos, porque entiendo que debo morir a mi para vivir a El?

 

En el momento más popular de su ministerio, Jesús iba caminando en medio de una multitud y todos le querían tocar. Los discípulos no sabían cómo controlar a la gente, todos lo estaban tocando, encima de Él. Cuando de repente, Jesús pregunta “¿quién me tocó?”. Y Pedro le dice: “¿Cómo que quién te tocó? Si todos te están tocando”. Pero Él insistió. De repente, se escucha la voz de una mujer con flujo de sangre, enferma, que dice: “Yo”.

 

Dice Jesús: “¿Quién quiere más de mí? ¿Quién me va a buscar? ¿Quién no se conforma con lo que sabe de mí? ¿Quién quiere nuevas experiencias? ¿Quién va a participar de nuestros padecimientos? Cuando veo a mis hijos encerrados en los templos sin hacer ninguna diferencia, yo sigo sufriendo por aquellos que están solos, abandonados. ¿Qué vas hacer?

 

Pablo termina diciendo: “Quiero ser semejante a Él en su muerte”. Él lo dio todo. Si queremos ser verdaderamente agradecidos, no debemos dar una parte, sino darnos enteramente para Él. ¿Quiénes están conmigo en hacer de esta oración, un compromiso, en renovar estos votos de buscar más a Dios, de experimentarle, de participar en sus padecimientos?